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De donde has salido @Crispin ???.. (Mola la pepsi-cola)

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Último: de @tiraflechas
Si uno rebobina en sus recuerdos y piensa en cómo se hablaba en la escuela, en el trabajo, en la televisión o en la radio hace unas cuántas décadas aprecia que, en cuestión de lenguaje, muchas cosas han cambiado. ¿Imagina hace treinta años un titular sobre “La marcha de las putas” o “Basagoiti: ‘ha sido una operación cojonuda’”? Basta recordar que, por esas fechas, con que un humorista dijera “hijo de pe punto” (u otro eufemismo similar) ya suscitaba las risas del público por atrevido. ¿Quiere eso decir que hoy somos más malhablados? “Unas personas sí y otras no, y en unos lugares más que en otros; en Madrid se oyen más tacos que en Barcelona, por ejemplo”, responde el lingüista y escritor José Antonio Millán, autor del blog Jamillan.com/lengua. “El castellano y el catalán siempre han sido lenguas muy ricas en insultos y siempre se han dicho palabras soeces, y hay constatación de ello desde la edad media; lo que ocurre es que ahora todo esto aparece más en público y antes se disimulaba más, y antes era sólo cosa de hombres y ahora se han sumado a su uso las mujeres”, opina Emili Boix, profesor de plurilingüismo de la Universitat de Barcelona (UB).
¿Y qué ha pasado para que hoy nadie se ruborice por oír o decir gilipollas, joder, hostia o coño delante de sus compañeros o compañeras de trabajo o mientras ve la tele en familia? ¿O para que por internet circulen manuales y decálogos de los tacos más usados por los españoles que un extranjero no ha de interpretar como insulto sino conocer como recurso expresivo? Porque palabrotas, insultos y groserías existen en todos los idiomas, pero el uso popular y generalizado que se hace de ellos en España, y aún más su empleo con intención cariñosa o admirativa, parece que es una singularidad nacional.
Isaac Puch, un joven madrileño que lleva diez años viviendo en Alemania, lo ha aprendido después de pasar algún que otro mal trago. “Un día se me ocurrió llamar cabrón, en plan cómplice, a un compañero de trabajo menor que yo y se ofendió muchísimo, porque no es que aquí no se usen las palabrotas, es que suenan mucho más ofensivas y están muy mal vistas; excepto mierda, que lo dicen constantemente”, comenta. “Tampoco en Italia se utiliza cabrón u otro taco con intención cariñosa, ni –salvo alguna excepción– se escuchan tantas palabrotas en la televisión; creo que la sociedad italiana es más formal y el lenguaje que se usa también, aunque está lleno de eufemismos”, explica Piergiorgio Sandri, periodista del ES. Y algo similar cuentan personas llegadas de Estados Unidos, Japón o el Reino Unido: en sus países el taco está reservado a círculos reducidos y de plena confianza, y en la televisión sólo se oyen en series o shows que hacen referencia a los bajos fondos; por eso les sorprende (y al principio ruboriza) cómo en España se abusa del taco y, sobre todo, cómo se usa de forma indiscriminada, en cualquier contexto.
Los lingüistas aseguran que no es una especificidad idiomática, puesto que estos hábitos lingüísticos no se observan entre los hispanoamericanos, cuya habla está más desprovista de tacos, sobre todo a la hora de hablar en público. “En España, el cambio fundamental llegó con el paso a la democracia, que provocó que se abanderara la libertad en todos los ámbitos y todos los sentidos; bajo la consigna de ‘todos somos iguales’ se rompió con todos los principios que tenían que ver con la cortesía lingüística, con la retórica, como el usted o el estilo indirecto; y esto ocurrió tanto en el ámbito cotidiano y familiar como entre los políticos, que cambiaron su forma de hablar para dirigirse a los medios de comunicación y mostrarse cercanos, graciosos, y así se volvieron coloquiales y el insulto comenzó a campar a sus anchas, llegando alvulgarismo”, relata Susana Guerrero, profesora de Lengua de la Universidad de Málaga. Y añade que en esa corriente igualitaria, las mujeres, para equipararse a los hombres, optaron por imitar el lenguaje masculino y se sumaron al uso de las palabrotas, algo hasta entonces muy restringido al ámbito varonil.
“Hoy es casi seña de identidad política decir tacos e insultar, y hasta los académicos de la lengua lo hacen en sus columnas en prensa, así que la gente piensa “si lo hace un académico, ¿por qué yo no?”, indica Guerrero. Y a fuerza de oírlas y utilizarlas, muchas de estas expresiones ya no suenan tan fuertes como hace tiempo. “La frecuencia crea una cierta desensibilización en los oyentes o lectores y los tacos y palabras malsonantes van perdiendo virulencia; es como el erotismo: el primer topless playero seguro que hizo salirse los ojos de las órbitas a muchos, y hoy es algo común”, explica Millán.
El responsable de Edición de La Vanguardia, Magí Camps, coincide en que una vez que el lenguaje coloquial y los comentarios groseros de los humoristas fueron contaminando otros espacios de radio y televisión, como las tertulias, lo que antes provocaba sonrojo, a fuerza de oírlo, ha dejado de sonrojar incluso si se oye en registros más formales. El coordinador general de la Fundación del Español Urgente (Fundéu), Alberto Gómez Font, apunta que en el seguimiento cotidiano que hacen del uso del castellano en los medios de comunicación se constata “una especie de relajación, de pérdida de sentido de la elegancia” lingüística que, en su opinión, va pareja con la pérdida de elegancia en otros ámbitos, como las normas de etiqueta o de educación cívica. “En las normas no escritas del buen hablar en público figura que no caben expresiones como que el ministro está cabreado, pero en España se utilizan y se ve como algo natural, cuando en otros países no es así porque los medios de comunicación tienen claro que su lenguaje ha de ser lo más pulido posible y no necesariamente el que se usa en la calle”, indica. Y como prueba de este hecho diferencial recuerda que en los doblajes de películas de cine y series de televisión se hace una versión para España dejando lasexpresiones groseras y luego otra “en español neutro” para el mercado de hispanohablantes, que no admite ni palabras fuertes ni tacos, aunque figuren en la versión original en inglés.
¿Supone todo ello una degradación del lenguaje o es una mera evolución? Hay bastante unanimidad entre los especialistas consultados en que la consecuencia nociva del abuso de los tacos no es el deterioro de la lengua en sí, sino el empobrecimiento lingüístico de las personas. “Las palabrotas forman parte de nuestro léxico y tiene su funcionalidad, el problema es cuando la gente no tiene la noción de dónde emplearlas; si una persona recorre todo el arco expresivo del lenguaje, desde el más culto al más vulgar, sólo utilizará el taco en la situación precisa, en un ámbito coloquial y de cierta confianza; el problema es que la mayoría de la gente hoy no distingue si está en una situación de confianza a la hora de usar palabrotas porque no tiene un amplio recorrido lingüístico; sólo aprende el lenguaje coloquial o vulgar (lo oye en la tele, a los políticos, en la escuela…) y no otros registros, y eso, al final, acaba siendo discriminatorio porque se reduce su capacidad expresiva, se empobrece”, comenta Pilar Ruiz-Va, profesora de Lengua Española y Lingüística de la Uned.
Su colega de la Universidad Complutense Eugenio Bustos cree que de este empobrecimiento son responsables, en buena medida, los padres por no explicar a sus hijos que hay un registro lingüístico distinto según las situaciones y que hay palabras que sólo se usan en determinados contextos. Ruiz-Va apunta, en este sentido, que con frecuencia ocurre que son los padres, personas adultas, quienes copian el modo de hablar coloquial de los jóvenes como si ello les rejuveneciera y porque, hoy, hablar con corrección parece que segregue. “En los años setenta en la universidad se usaban tacos, sobre todo las chicas, para demostrar que estabas liberado de las conductas restrictivas del franquismo, pero se sabía que no se utilizaban en determinados contextos; y ahora muchos no tienen esalibertad de elegir porque sólo aprenden ese lenguaje y no tienen recursos expresivos para otros ámbitos: saben usar cojonudo o de puta madre, pero se pierden la riqueza de magnífico, fenomenal, admirable…”, apunta la especialista de la UNED.
José Antonio Millán, por su parte, opina que es bueno tener a mano las “malas palabras” por si uno se da un martillazo en un dedo; “pero sacarlas constantemente demuestra pobreza: los tacos no añaden nada a un enunciado, salvo fuerza expresiva, y estamos bastante sobrados de expresividad y faltos de raciocinio”. Pero sin añadir nada, parece que sí dicen mucho de quien los usa. “Una de las formas en que reconoces al otro es por los signos externos, y uno fundamental para atribuirle un nivel cultural y hasta económico es cómo se expresa, incluso más que el vestir”, remarca Pilar Ruiz-Va.
Emili Boix considera que los insultos, amenazas e improperios no implican una degradación del lenguaje porque son necesarios para, a veces, poder mostrar agresividad; “lo que ocurre es que hoy su uso es exagerado y transmite esa agresividad a la vida cotidiana”. Tradicionalmente el taco ha tenido una función catártica, de liberación de emociones y sentimientos contenidos, y también se ha utilizado para dar énfasis. “El problema es que, en lugar de ser una forma de expresión más, ahora parece la única, y que profesores, artistas, políticos, medios de comunicación o incluso líderes religiosos, para atraer a la gente y mostrar una falsa cercanía, utilizan tacos”, remarca Ruiz-Va.
Porque hay ámbitos, según los especialistas consultados, donde aún rechina escuchar o leer palabrotas. “A mí me sorprende mucho encontrar por escrito, por ejemplo en la prensa, expresiones que hace un par de décadas estaban confinadas a la lengua hablada, y de personas no muy educadas; un ejemplo claro son las columnas de Arturo Pérez Reverte. Y es que para ciertas personas la exhibición de un lenguaje tabernario quiere ser muestra de un comportamiento desinhibido, sin complejos, de pueblo llano; para ellos hablar o escribir así enlaza con las más profundas raíces de nuestra cultura y es una extraña forma de casticismo; reivindican los tacos igual que ensalzan los Tercios de Flandes”, declara José Antonio Millán.
Magí Camps opina que, igual que se corrigen las declaraciones de alguiencuando hay un verbo mal empleado pensando que el mal uso del idioma no aporta nada, en los medios de comunicación también habría que corregir las expresiones groseras innecesarias, porque no se habla igual que se escribe. Susana Guerrero advierte que poner coto al lenguaje vulgar o coloquial en los medios de comunicación es algo que sólo puede hacerse mediante autorregulación, porque cualquier intento de regulación externa podría ser entendido como una censura.
No lo ve así Gómez Font, de la Fundéu, para quien limitar el uso de palabras soeces en los medios “no supone ningún atentado a la libertad de expresión, sino decir a alguien que sea educado, que si es malhablado en el bar es su problema, pero que no está bien hacerlo delante de un micrófono igual que no está permitido orinar en la calle”.

Último: de @tiraflechas
Si uno rebobina en sus recuerdos y piensa en cómo se hablaba en la escuela, en el trabajo, en la televisión o en la radio hace unas cuántas décadas aprecia que, en cuestión de lenguaje, muchas cosas han cambiado. ¿Imagina hace treinta años un titular sobre “La marcha de las putas” o “Basagoiti: ‘ha sido una operación cojonuda’”? Basta recordar que, por esas fechas, con que un humorista dijera “hijo de pe punto” (u otro eufemismo similar) ya suscitaba las risas del público por atrevido. ¿Quiere eso decir que hoy somos más malhablados? “Unas personas sí y otras no, y en unos lugares más que en otros; en Madrid se oyen más tacos que en Barcelona, por ejemplo”, responde el lingüista y escritor José Antonio Millán, autor del blog Jamillan.com/lengua. “El castellano y el catalán siempre han sido lenguas muy ricas en insultos y siempre se han dicho palabras soeces, y hay constatación de ello desde la edad media; lo que ocurre es que ahora todo esto aparece más en público y antes se disimulaba más, y antes era sólo cosa de hombres y ahora se han sumado a su uso las mujeres”, opina Emili Boix, profesor de plurilingüismo de la Universitat de Barcelona (UB).
¿Y qué ha pasado para que hoy nadie se ruborice por oír o decir gilipollas, joder, hostia o coño delante de sus compañeros o compañeras de trabajo o mientras ve la tele en familia? ¿O para que por internet circulen manuales y decálogos de los tacos más usados por los españoles que un extranjero no ha de interpretar como insulto sino conocer como recurso expresivo? Porque palabrotas, insultos y groserías existen en todos los idiomas, pero el uso popular y generalizado que se hace de ellos en España, y aún más su empleo con intención cariñosa o admirativa, parece que es una singularidad nacional.
Isaac Puch, un joven madrileño que lleva diez años viviendo en Alemania, lo ha aprendido después de pasar algún que otro mal trago. “Un día se me ocurrió llamar cabrón, en plan cómplice, a un compañero de trabajo menor que yo y se ofendió muchísimo, porque no es que aquí no se usen las palabrotas, es que suenan mucho más ofensivas y están muy mal vistas; excepto mierda, que lo dicen constantemente”, comenta. “Tampoco en Italia se utiliza cabrón u otro taco con intención cariñosa, ni –salvo alguna excepción– se escuchan tantas palabrotas en la televisión; creo que la sociedad italiana es más formal y el lenguaje que se usa también, aunque está lleno de eufemismos”, explica Piergiorgio Sandri, periodista del ES. Y algo similar cuentan personas llegadas de Estados Unidos, Japón o el Reino Unido: en sus países el taco está reservado a círculos reducidos y de plena confianza, y en la televisión sólo se oyen en series o shows que hacen referencia a los bajos fondos; por eso les sorprende (y al principio ruboriza) cómo en España se abusa del taco y, sobre todo, cómo se usa de forma indiscriminada, en cualquier contexto.
Los lingüistas aseguran que no es una especificidad idiomática, puesto que estos hábitos lingüísticos no se observan entre los hispanoamericanos, cuya habla está más desprovista de tacos, sobre todo a la hora de hablar en público. “En España, el cambio fundamental llegó con el paso a la democracia, que provocó que se abanderara la libertad en todos los ámbitos y todos los sentidos; bajo la consigna de ‘todos somos iguales’ se rompió con todos los principios que tenían que ver con la cortesía lingüística, con la retórica, como el usted o el estilo indirecto; y esto ocurrió tanto en el ámbito cotidiano y familiar como entre los políticos, que cambiaron su forma de hablar para dirigirse a los medios de comunicación y mostrarse cercanos, graciosos, y así se volvieron coloquiales y el insulto comenzó a campar a sus anchas, llegando alvulgarismo”, relata Susana Guerrero, profesora de Lengua de la Universidad de Málaga. Y añade que en esa corriente igualitaria, las mujeres, para equipararse a los hombres, optaron por imitar el lenguaje masculino y se sumaron al uso de las palabrotas, algo hasta entonces muy restringido al ámbito varonil.
“Hoy es casi seña de identidad política decir tacos e insultar, y hasta los académicos de la lengua lo hacen en sus columnas en prensa, así que la gente piensa “si lo hace un académico, ¿por qué yo no?”, indica Guerrero. Y a fuerza de oírlas y utilizarlas, muchas de estas expresiones ya no suenan tan fuertes como hace tiempo. “La frecuencia crea una cierta desensibilización en los oyentes o lectores y los tacos y palabras malsonantes van perdiendo virulencia; es como el erotismo: el primer topless playero seguro que hizo salirse los ojos de las órbitas a muchos, y hoy es algo común”, explica Millán.
El responsable de Edición de La Vanguardia, Magí Camps, coincide en que una vez que el lenguaje coloquial y los comentarios groseros de los humoristas fueron contaminando otros espacios de radio y televisión, como las tertulias, lo que antes provocaba sonrojo, a fuerza de oírlo, ha dejado de sonrojar incluso si se oye en registros más formales. El coordinador general de la Fundación del Español Urgente (Fundéu), Alberto Gómez Font, apunta que en el seguimiento cotidiano que hacen del uso del castellano en los medios de comunicación se constata “una especie de relajación, de pérdida de sentido de la elegancia” lingüística que, en su opinión, va pareja con la pérdida de elegancia en otros ámbitos, como las normas de etiqueta o de educación cívica. “En las normas no escritas del buen hablar en público figura que no caben expresiones como que el ministro está cabreado, pero en España se utilizan y se ve como algo natural, cuando en otros países no es así porque los medios de comunicación tienen claro que su lenguaje ha de ser lo más pulido posible y no necesariamente el que se usa en la calle”, indica. Y como prueba de este hecho diferencial recuerda que en los doblajes de películas de cine y series de televisión se hace una versión para España dejando lasexpresiones groseras y luego otra “en español neutro” para el mercado de hispanohablantes, que no admite ni palabras fuertes ni tacos, aunque figuren en la versión original en inglés.
¿Supone todo ello una degradación del lenguaje o es una mera evolución? Hay bastante unanimidad entre los especialistas consultados en que la consecuencia nociva del abuso de los tacos no es el deterioro de la lengua en sí, sino el empobrecimiento lingüístico de las personas. “Las palabrotas forman parte de nuestro léxico y tiene su funcionalidad, el problema es cuando la gente no tiene la noción de dónde emplearlas; si una persona recorre todo el arco expresivo del lenguaje, desde el más culto al más vulgar, sólo utilizará el taco en la situación precisa, en un ámbito coloquial y de cierta confianza; el problema es que la mayoría de la gente hoy no distingue si está en una situación de confianza a la hora de usar palabrotas porque no tiene un amplio recorrido lingüístico; sólo aprende el lenguaje coloquial o vulgar (lo oye en la tele, a los políticos, en la escuela…) y no otros registros, y eso, al final, acaba siendo discriminatorio porque se reduce su capacidad expresiva, se empobrece”, comenta Pilar Ruiz-Va, profesora de Lengua Española y Lingüística de la Uned.
Su colega de la Universidad Complutense Eugenio Bustos cree que de este empobrecimiento son responsables, en buena medida, los padres por no explicar a sus hijos que hay un registro lingüístico distinto según las situaciones y que hay palabras que sólo se usan en determinados contextos. Ruiz-Va apunta, en este sentido, que con frecuencia ocurre que son los padres, personas adultas, quienes copian el modo de hablar coloquial de los jóvenes como si ello les rejuveneciera y porque, hoy, hablar con corrección parece que segregue. “En los años setenta en la universidad se usaban tacos, sobre todo las chicas, para demostrar que estabas liberado de las conductas restrictivas del franquismo, pero se sabía que no se utilizaban en determinados contextos; y ahora muchos no tienen esalibertad de elegir porque sólo aprenden ese lenguaje y no tienen recursos expresivos para otros ámbitos: saben usar cojonudo o de puta madre, pero se pierden la riqueza de magnífico, fenomenal, admirable…”, apunta la especialista de la UNED.
José Antonio Millán, por su parte, opina que es bueno tener a mano las “malas palabras” por si uno se da un martillazo en un dedo; “pero sacarlas constantemente demuestra pobreza: los tacos no añaden nada a un enunciado, salvo fuerza expresiva, y estamos bastante sobrados de expresividad y faltos de raciocinio”. Pero sin añadir nada, parece que sí dicen mucho de quien los usa. “Una de las formas en que reconoces al otro es por los signos externos, y uno fundamental para atribuirle un nivel cultural y hasta económico es cómo se expresa, incluso más que el vestir”, remarca Pilar Ruiz-Va.
Emili Boix considera que los insultos, amenazas e improperios no implican una degradación del lenguaje porque son necesarios para, a veces, poder mostrar agresividad; “lo que ocurre es que hoy su uso es exagerado y transmite esa agresividad a la vida cotidiana”. Tradicionalmente el taco ha tenido una función catártica, de liberación de emociones y sentimientos contenidos, y también se ha utilizado para dar énfasis. “El problema es que, en lugar de ser una forma de expresión más, ahora parece la única, y que profesores, artistas, políticos, medios de comunicación o incluso líderes religiosos, para atraer a la gente y mostrar una falsa cercanía, utilizan tacos”, remarca Ruiz-Va.
Porque hay ámbitos, según los especialistas consultados, donde aún rechina escuchar o leer palabrotas. “A mí me sorprende mucho encontrar por escrito, por ejemplo en la prensa, expresiones que hace un par de décadas estaban confinadas a la lengua hablada, y de personas no muy educadas; un ejemplo claro son las columnas de Arturo Pérez Reverte. Y es que para ciertas personas la exhibición de un lenguaje tabernario quiere ser muestra de un comportamiento desinhibido, sin complejos, de pueblo llano; para ellos hablar o escribir así enlaza con las más profundas raíces de nuestra cultura y es una extraña forma de casticismo; reivindican los tacos igual que ensalzan los Tercios de Flandes”, declara José Antonio Millán.
Magí Camps opina que, igual que se corrigen las declaraciones de alguiencuando hay un verbo mal empleado pensando que el mal uso del idioma no aporta nada, en los medios de comunicación también habría que corregir las expresiones groseras innecesarias, porque no se habla igual que se escribe. Susana Guerrero advierte que poner coto al lenguaje vulgar o coloquial en los medios de comunicación es algo que sólo puede hacerse mediante autorregulación, porque cualquier intento de regulación externa podría ser entendido como una censura.
No lo ve así Gómez Font, de la Fundéu, para quien limitar el uso de palabras soeces en los medios “no supone ningún atentado a la libertad de expresión, sino decir a alguien que sea educado, que si es malhablado en el bar es su problema, pero que no está bien hacerlo delante de un micrófono igual que no está permitido orinar en la calle”.

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